
Ayer nos tocó llevar las famosas zanahorias al Centro Abierto Santa Adriana... las zanahorias que la primera vez compré a las 10 de la noche, después de ver la fotito con el número 3 que había llevado Raimundo a la casa... las zanahorias que cada miércoles se transforman en "chuta, las zanahorias". Ayer, en familia, vimos cuál era el destino de las famosísimas zanahorias del Pre-Kinder D.
Fue un día demasiado especial... rezamos tempranito con todos los niños del curso... todos sentados en círculo en el suelo y nosotros en sillas, detrás de nuestro hijo (que terminó apoyándose en mis piernas, orgulloso de mostrar a sus papás)... cantamos cada una de las canciones de Jesús, escuchamos sus oraciones (incluida la petición de Martín Atria por su canario, que había vuelto a la mascotería, y el agradecimiento de otro Martín por "la familia hermosa que tengo"). Vimos cómo todos levantaban sus manos para participar... cómo armaban un altar en medio del círculo... cómo para ellos era un premio poner el "tapete" (o mantel), la figura del Padre Hurtado, la Biblia... etc... cómo juntaban sus manos y cerraban sus ojos para rezar... cómo nos aplaudieron y nos desearon suerte en nuestra misión.
Cuando llegamos a Santa Adriana, nos estaban esperando... Javier, un niño de cerca de 6 años, corrió a recibirnos... para él era importante tirar el carro lleno de zanahorias... nos ayudó a sacarlas en la cocina, le mostró su centro a nuestro hijo y nos llevó a su sala. Lo que vimos en Santa Adriana fueron niños como los nuestros... niños con las mismas ganas de participar... niños llenos de sueños... niños que se alimentan todos los días gracias a esas zanahorias que a veces nos da lata comprar... niños que creen que pueden salir adelante... niños que lo único que querían era hablar de lo que vivían ahí.
Cuando vayan allá me van a entender... es un lugar precioso, cuidado, donde se respira cariño... un lugar donde los niños se sienten amados y protegidos de un entorno que a veces los asusta. Ni yo, ni mi marido, ni Raimundo conocíamos el centro abierto, y quedamos con muchas ganas de volver... quedamos convencidos de que esos niños merecen todas las oportunidades del mundo, y que si nosotros podemos, los vamos a ayudar a creer.
La próxima vez que compre zanahorias, voy a pensar en Javier... me voy a acordar de Belén, que está recién partiendo y de los cinco niños que estaban jugando en el suelo con Raimundo cuando nos vinimos... me voy a acordar de sus sonrisas, de sus inmensas ganas de participar... me voy a acordar de que estos niños son simplemente niños... con los mismos derechos y sueños que mis hijos y los de todos ustedes.
Fue un día demasiado especial... rezamos tempranito con todos los niños del curso... todos sentados en círculo en el suelo y nosotros en sillas, detrás de nuestro hijo (que terminó apoyándose en mis piernas, orgulloso de mostrar a sus papás)... cantamos cada una de las canciones de Jesús, escuchamos sus oraciones (incluida la petición de Martín Atria por su canario, que había vuelto a la mascotería, y el agradecimiento de otro Martín por "la familia hermosa que tengo"). Vimos cómo todos levantaban sus manos para participar... cómo armaban un altar en medio del círculo... cómo para ellos era un premio poner el "tapete" (o mantel), la figura del Padre Hurtado, la Biblia... etc... cómo juntaban sus manos y cerraban sus ojos para rezar... cómo nos aplaudieron y nos desearon suerte en nuestra misión.
Cuando llegamos a Santa Adriana, nos estaban esperando... Javier, un niño de cerca de 6 años, corrió a recibirnos... para él era importante tirar el carro lleno de zanahorias... nos ayudó a sacarlas en la cocina, le mostró su centro a nuestro hijo y nos llevó a su sala. Lo que vimos en Santa Adriana fueron niños como los nuestros... niños con las mismas ganas de participar... niños llenos de sueños... niños que se alimentan todos los días gracias a esas zanahorias que a veces nos da lata comprar... niños que creen que pueden salir adelante... niños que lo único que querían era hablar de lo que vivían ahí.
Cuando vayan allá me van a entender... es un lugar precioso, cuidado, donde se respira cariño... un lugar donde los niños se sienten amados y protegidos de un entorno que a veces los asusta. Ni yo, ni mi marido, ni Raimundo conocíamos el centro abierto, y quedamos con muchas ganas de volver... quedamos convencidos de que esos niños merecen todas las oportunidades del mundo, y que si nosotros podemos, los vamos a ayudar a creer.
La próxima vez que compre zanahorias, voy a pensar en Javier... me voy a acordar de Belén, que está recién partiendo y de los cinco niños que estaban jugando en el suelo con Raimundo cuando nos vinimos... me voy a acordar de sus sonrisas, de sus inmensas ganas de participar... me voy a acordar de que estos niños son simplemente niños... con los mismos derechos y sueños que mis hijos y los de todos ustedes.
2 comentarios:
Marcela ,
No puedo dejar pasar en felicitarte, saber que puedes ver más allá de lo que la vida nos muestra día a día.
Tener el valor de presentar el testimonio de tu famila en una actividad como la realizada.
Lo que narraste es pan de todos los días en ese hogar y otros muchos que existen a lo largo de nuestro país y tambien en el resto del mundo.
Que impotencia da saber que la poobreza a nivel mundial , la se puede acabar tan solo con la riqueza de un hombre ( estudios realizados por ONG ).
Nosotros tenemos la oportunidad de educar a nuestros hijos con una mirada hacia los demás y demostrarles que la probreza esta ahi y que no hay que pasar sobre ella , todo lo contrario deben ser capaces de hacer algo tan simple como dar las gracias por lo recibido y tener el espiritu de compartir lo propio.
Felicitaciones y un abrazo.
Félix
Por eso amo este colegio... abre los ojos a una realidad tan presente, pero tan escondida a la vez.
Quiero que mi hijo rompa la burbuja desde chiquito y sepa que si tiene los medios que Dios le dió, son para entregárselos a los demás.
La educación y una situación acomodad también son talentos que no podemos cultivar sólo para nosotros.
En el lugar en que estemos debemos generar cambios y estos parten primero por la actitud, de ahí la importancia de ser amables en las mañanas a la entrada del colegio, de sonreír y ver que la vida es bella... disfrutar cada día como si fuera el último.
Gracias Marcela... lindísimas palabras.
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